7 líderes del sector turismo plantean sus expectativas sobre el nuevo Gobierno en Perú 

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Siete líderes del sector —CANATUR, la Sociedad Hoteles del Perú, AHORA PERÚ, Belmond, Tierra Viva, Ananay y Viajes Pacífico— responden qué debe hacer el  gobierno de Keiko Fujimori, qué esperan de PromPerú y como  se deben comprometer las empresas.

El turismo peruano llega al cambio de gobierno con una agenda  precisa, apesar de que la presidenta Keiko Fugimori no mencionara el sector durante el discurso de toma de mando.  Preguntamos a siete líderes del sector —gremios, cadenas hoteleras, operadores internacionales y tour operadores— qué debe hacer el nuevo Gobierno, qué esperan de PromPerú y a qué se comprometen sus propias empresas. Las respuestas, que llegaron por separado y sin consulta entre ellos, convergen en cinco prioridades: rectoría estatal, orden en el acceso a Machu Picchu, conectividad aérea, seguridad turística y simplificación administrativa. 

El punto de partida les es favorable. En su mensaje del 28 de julio, la presidenta Keiko Fujimori anunció que “aceleraremos la inversión pública y privada en infraestructura productiva, incluyendo redes viales, aeropuertos y puertos”, prometió “recuperar cada barrio, cada carretera, cada espacio público”, comprometió “un profundo proceso de desregulación” y ofreció a la inversión “estabilidad, seguridad jurídica, reglas claras”. Conectividad, seguridad, simplificación y apertura internacional: buena parte de lo que el sector viene pidiendo desde hace una década. Lo que estas siete respuestas plantean es cómo convertir esos anuncios en política turística.



1. ¿Qué debe hacer el nuevo Gobierno para potenciar el turismo?

Las siete respuestas caben en una fórmula: POLÍTICA DE ESTADO. Pablo García (AHORA PERÚ) lo dice sin rodeos: “Es necesario que el turismo sea política de Estado, con todas sus consecuencias”, y explicita cuáles: “que se tenga en cuenta cada vez que se planifiquen nuevas inversiones, se aprueben nuevas infraestructuras, se incremente la conectividad dentro del país”. Rodrigo Lazarte (Tierra Viva Hoteles) suma el argumento distributivo: el turismo “tiene la capacidad de generar empleo formal y descentralizado en todo el país”. Exactamente las dos cosas que el mensaje presidencial prometió perseguir por otras vías.

Ignacio Mendoza (Sociedad Hoteles del Perú) llega con un plano de obra en la mano: cinco ejes con problema y propuesta. Sobre Chinchero, una advertencia que debería estar subrayada en algún despacho del MTC: “La falta de accesos y transporte adecuado puede limitar el impacto del nuevo aeropuerto”. Pide “promover una política de cielos abiertos y atraer nuevas aerolíneas” y un corredor aeropuerto-hoteles “con patrullaje, videovigilancia y coordinación institucional”. Y formula el señalamiento más incómodo de la consulta: “La declaración frecuente de estados de emergencia afecta la percepción del Perú como destino seguro”.

El señalamiento ilumina una tensión real: la presidenta anunció que usará “todas las herramientas que la Constitución pone a disposición del gobierno”, y la herramienta habitual es el estado de emergencia. El instrumento con el que se quiere resolver el problema de fondo es el que más daña la reputación del destino en el corto plazo. Nadie pide que no se use; Ignacio Molina pide que se comunique.

Laurent Carrasset (Belmond) coloca la seguridad primero: “Necesitamos inteligencia para acabar con las bandas criminales, pero también una policía presente y adecuadamente equipada y preparada para atender al turista”. Dos policías distintas en una sola frase: el mensaje presidencial habló largamente de la primera y nada de la segunda. Añade el frente que impone la coyuntura: “una respuesta oportuna ante desastres naturales que podrían originarse por el fenómeno del Niño”.

Pero es en Machu Picchu donde la consulta encuentra su máxima coincidencia. Laurent Carrasset cuantifica el daño: “Estamos perdiendo miles de visitantes internacionales que no viajan si no compran la entrada previamente, y esto perjudica a taxistas, restaurantes, hoteles, comercios, a toda la cadena de servicios”. Patricio Zucconi (Ananay Hoteles) lo convierte en símbolo del desorden general: “Debe ordenar la casa comenzando por Machu Picchu, cero entradas presenciales, todo virtual”. Las 5.800 entradas, en línea y de forma directa, porque “se entra y se paga, no se entra y se reserva”; hoy, denuncia, “hay agencias ilegales” acaparando cupos. Suma el centro de interpretación en Puente Ruinas y la habilitación de los accesos ancestrales, con una lógica poco escuchada en el debate sobre capacidad de carga: “más área de visita, posiblemente más visitantes al mismo momento sobre un territorio mayor”. Y remata: “terminar el aeropuerto del Cusco”, el teleférico de Choquequirao y los aeropuertos regionales.

Enrique Quiñones (Viajes Pacífico) parte de lo estructural —“sin conectividad no es posible desarrollar el turismo de manera sostenible y competitiva”— y aporta lo institucional: el país necesita “un Plan Estratégico de Turismo con capacidad de ejecución rápida, articulado por regiones y sectores”. Pide incorporar “al sistema de venta online la totalidad de las entradas que actualmente se comercializan de manera presencial” y ataca la estacionalidad con centros de convenciones en Arequipa, Trujillo, Ica e Iquitos, porque el segmento MICE “tiene la capacidad de generar flujos constantes de visitantes a lo largo del año”.

Maritza Montero (CANATUR PERÚ) aborda de frente la relación entre el discurso y la expectativa: los anuncios “van en la dirección correcta, pero es fundamental que se traduzcan en una política turística clara, articulada y con objetivos de largo plazo”. Las obras “no solo movilizan personas; integran destinos”, dice, pero “la infraestructura por sí sola no es suficiente”. Y redefine el indicador de éxito: “Tan importante como la cantidad es la calidad del turismo que atraemos”, en línea con un dato poco advertido —las llegadas aún no alcanzan los niveles prepandemia, pero los ingresos ya se recuperan—, lo que abre la puerta a “un turismo de mayor valor agregado, con mayor gasto promedio, estadías más largas y beneficios mejor distribuidos”.

Cinco prioridades, siete respuestas independientes y un grado de coincidencia poco habitual: rectoría estatal, Machu Picchu, conectividad aérea, seguridad turística y simplificación administrativa. El sector no llega a esta etapa con un pliego de reclamos, sino con una lista corta.

2. ¿Qué espera de PromPerú en esta nueva etapa?

Aquí hubo algo cercano a la unanimidad, y se reduce a dos palabras: presupuesto y continuidad. Laurent Carrasset lo dice sin eufemismos: “Es urgente devolver a PromPerú el presupuesto para incrementar la promoción turística de nuestro país en el mundo”. El verbo importa: devolver. No se pide un aumento, se pide una restitución. Y a partir de ahí, “priorizar mercados y desarrollar campañas segmentadas, creativas, muy bien pensadas”.

Pablo Sánchez lo formula con una imagen que resume décadas de frustración competitiva: que “se le dote de más medios, técnicos y económicos”, para competir con destinos “que, sin tener las maravillas de nuestro país, se marquetean con más recursos”. No perdemos por producto: perdemos por presupuesto de comunicación.

Patricio Zucconi lo dice en clave de nostalgia y ambición: PromPerú debe “ser nuevamente la estrella de las grandes ferias del mundo”, como cuando el Perú fue país coanfitrión en la ITB de Berlín. Su mapa de mercados es asiático y de Medio Oriente —China, Japón, Singapur, Australia— y aterriza en el cuello de botella que ninguna campaña resuelve sola: “la falta de conectividad con el mundo entero es fundamental para poder crecer realmente. Con pocos vuelos directos y pocos aviones a Perú estamos amarrados”. Pide trabajar “de la mano con Ministerio de Turismo, Cultura” para traer más líneas aéreas. Hay aquí un eco directo con el discurso: Fujimori anunció que priorizará “nuestro rol en el Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico, APEC” y las oportunidades “con los países amigos del Medio Oriente”. Es exactamente el mapa que Patricio Zucconi reclama.

Maritza Montero pide una institución distinta antes que una más rica: “una PromPerú fortalecida, técnica, moderna y estrechamente articulada con el sector privado”, cuya promoción responda “a una visión país, basada en inteligencia de mercados, innovación y campañas sostenidas”; y abre una puerta poco explorada, el turismo religioso, “segmento que mueve millones de viajeros en el mundo y para el cual nuestro país cuenta con un valioso patrimonio histórico, cultural y espiritual”.

Ignacio Mendoza dedica a PromPerú y a la marca país uno de los cinco ejes de su propuesta. El problema, dice, no es de talento sino de constancia: “La promoción internacional del Perú requiere mayor continuidad y estrategia para competir con otros destinos”. Su solución es la más concreta en materia de instrumentos: “fortalecer campañas internacionales, marketing digital, ferias y alianzas con aerolíneas”. Esa última pieza importa: las alianzas con aerolíneas conectan promoción y conectividad, y convierten a PromPerú en un actor de la negociación de rutas, que es donde se decide si una campaña se traduce en pasajeros. Su expectativa institucional la resume en una frase con cuatro exigencias: “una PromPerú más cercana al sector privado, con una estrategia de promoción internacional sólida, campañas permanentes para atraer más turistas, apoyo al desarrollo de nuevos destinos y una coordinación efectiva”.

Rodrigo Lazarte introduce el criterio que más falta ha hecho en esta discusión, la medición: espera “una estrategia más agresiva y basada en datos, que priorice los mercados con mayor potencial”, con “campañas permanentes y no solo acciones puntuales” y “mayor medición del retorno de las campañas para optimizar los recursos”. Bien entendido, ese pedido protege al propio PromPerú: la mejor defensa de un presupuesto de promoción es la evidencia de su rendimiento.

Enrique Quiñones propone el salto conceptual más ambicioso: “evolucionar hacia un modelo de promoción turística 3.0, capaz de integrar turismo, gastronomía, cultura, moda, música, deporte y grandes eventos como verdaderos motores de atracción de visitantes”. Su lista —The World’s 50 Best Restaurants, Perú Moda, PERUMIN, el Inti Raymi— apunta a una idea sencilla: el Perú no necesita inventar razones para viajar, sino “convertir estos acontecimientos en experiencias y razones concretas para viajar al Perú”.



3. ¿Cómo se deben comprometer las empresas del sector?

La pregunta espejo produjo tres actitudes distintas, y juntas dicen algo sobre el estado del gremio.

La primera es la del compromiso asumido. Maritza Montero pide asumir la etapa “con unidad, responsabilidad y una visión de largo plazo”, porque “el crecimiento del turismo no depende únicamente del Estado o de las empresas de manera individual”, sino que requiere “un trabajo articulado entre sector público, sector privado, academia, comunidades y gobiernos regionales”. Ignacio Molina lo condensa: el compromiso privado “debe traducirse en inversión, innovación, capacitación y trabajo conjunto con el Estado”. Laurent Carrasset aporta la mirada del operador internacional: sus equipos en el extranjero promueven “al Perú como un destino único, diverso y de clase mundial”, y “los viajeros que atraemos no solo visitan nuestras propiedades: recorren el país, dinamizan las economías locales”. Su compromiso viene con contrapartida: “simplificar los trámites para el desarrollo de proyectos turísticos, promover concesiones y asociaciones público-privadas”.

Rodrigo Lazarte profundiza en este idea, y lo hace en clave de ecosistema. Parte de una premisa: “El crecimiento del turismo es una responsabilidad compartida”. De ahí desprende tres obligaciones para las empresas —“seguir invirtiendo en infraestructura, innovación y capacitación de nuestro talento humano para ofrecer experiencias de clase mundial”— y añade el eje que hoy define la competitividad de un destino: “promover la sostenibilidad, la formalidad y el trabajo colaborativo entre operadores, hoteles, restaurantes, aerolíneas y autoridades”.

Su conclusión merece atención porque cambia el indicador con el que suele medirse el éxito del sector: “Solo construyendo un ecosistema sólido y competitivo podremos incrementar la permanencia de los visitantes, elevar su nivel de satisfacción y consolidar al Perú como uno de los principales destinos turísticos de la región”. No habla de llegadas, sino de permanencia y satisfacción, que es donde se juega el gasto por visitante. Es el mismo desplazamiento que plantea Maritza Montero en la primera pregunta cuando pide priorizar la calidad del turismo sobre la cantidad: dos de las siete voces, desde posiciones distintas, llegan a la misma conclusión.

La segunda es la del reclamo invertido, y la formula Pablo Sánchez con una franqueza que desplaza el eje de la pregunta: “Las empresas del sector están totalmente comprometidas y preparadas para crecer. Los frenos no son empresariales… Lo que frena al turismo son factores estructurales como la conectividad, infraestructuras, seguridad”. Puede leerse como esquiva; yo la leo como la constatación de que el capital privado lleva años esperando condiciones habilitantes. Lo respalda Enrique Quiñones con un dato que debería hacer ruido en PromPerú: las empresas ya desarrollan mercados “incluso en aquellos donde la presencia de PromPerú es todavía limitada o inexistente”, aunque “los recursos de las empresas privadas son limitados y no permiten alcanzar, por sí solos, una cobertura amplia y sostenida”.

La tercera es la más operativa, y la aporta Patricio Zucconi, que describe la formalización por arrastre: invertir, “empujar los destinos que están latentes”, contratar más personal y “tener proveedores locales que al necesitar factura para vender también tienen que formalizarse”. El resultado es un “círculo virtuoso”, y de ahí una propuesta concreta: que los “proveedores de alta calidad peruanos tienen que tener una vitrina en los hoteles y restaurantes”. Es la única respuesta que propone una palanca de formalización que no depende del Estado: se formaliza el proveedor que quiere facturarle a un hotel.

Reflexión final de Javier Baz

Hay una conclusión que emerge sola de estas siete respuestas, y no es la que uno esperaría de un sondeo gremial. El turismo peruano no está pidiendo dinero. Está pidiendo orden.

Repasemos qué se pidió exactamente. Que Machu Picchu venda sus entradas por internet. Que Chinchero tenga accesos antes de inaugurarse. Que exista un corredor seguro entre el Jorge Chávez y los hoteles de Lima. Que se comunique bien un estado de emergencia. Que PromPerú mida el retorno de sus campañas. Que el aeropuerto del Cusco se termine. De toda la lista, solo dos pedidos —el presupuesto de PromPerú y los centros de convenciones regionales— implican gasto nuevo significativo. El resto es gestión: decidir, coordinar y ejecutar lo que ya está decidido, coordinado a medias y sin ejecutar.

Esa es la buena noticia para un gobierno que ha puesto la sostenibilidad fiscal entre sus objetivos: la mayor parte de esta agenda no compite por presupuesto, compite por atención. Y la segunda buena noticia es la coincidencia. Las carreteras, la modernización de aeropuertos, la desregulación, la prioridad a las micro y pequeñas empresas y la apertura hacia Asia-Pacífico que la presidenta anunció el 28 de julio son, casi punto por punto, las condiciones que estas siete voces reclaman. El trabajo pendiente no es de negociación, sino de traducción.

Traducir significa una cosa concreta: que el turismo deje de ser beneficiario indirecto de políticas diseñadas para otros fines y pase a ser objetivo explícito. Cuando lo es, tiene presupuesto asignado, metas verificables, un funcionario responsable y voz en la mesa donde se secuencian las obras. Cuando no lo es, nadie pregunta si el acceso a Chinchero va antes o después de otra vía, ni si el tren a Ica se diseña pensando en Paracas y Nasca. Esas decisiones se toman todos los días, en oficinas técnicas, y el sector quiere estar en la sala cuando se tomen.

De ahí que la expectativa más repetida no sea una obra sino una categoría: política de Estado. Lo que los siete piden, en el fondo, es que Mincetur recupere rectoría con metas públicas, que PromPerú recupere presupuesto con indicadores de retorno, y que exista una lista corta de decisiones —Machu Picchu digital, accesos a Chinchero, corredor aeropuerto-hoteles, cielos abiertos— con nombre, fecha y responsable. Ninguna de las cuatro requiere una ley nueva.

Pocas veces el sector ha llegado a un cambio de gobierno con tanta claridad sobre lo que necesita y tan poca distancia entre lo que pide y lo que ya se anunció. Los primeros cien días dirán si esa coincidencia se convierte en política sectorial o se queda en coincidencia.

LÍDERES  QUE RESPONDIERON  LA CONSULTA

· Maritza Montero, vicepresidenta de CANATUR PERÚ.

· Ignacio Mendoza, presidente de la Sociedad Hoteles del Perú (SHP).

· Pablo García, presidente de AHORA PERÚ.

· Rodrigo Lazarte, gerente general / CEO de Tierra Viva Hoteles.

· Laurent Carrasset, vicepresidente de Operaciones Sudamérica de Belmond (Belmond Hotels y PeruRail).

· Patricio Zucconi, CEO de Ananay Hoteles.

· Enrique Quiñones, CEO de Viajes Pacífico.

Fuentes: respuestas remitidas por los siete participantes y transcripción completa del Mensaje a la Nación de la presidenta Keiko Fujimori, 28 de julio de 2026. Las citas se reproducen textualmente, con normalización de acentuación y puntuación.

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